Por Guillaume Faye
La
guerra étnica ha comenzado. Por lo bajo. Y, año tras
año, se amplía. Por el instante, ha tomado la forma
de una guerrilla urbana larvada: incendios de
automóviles o de comercios, agresiones repetidas de
europeos, ataques al transporte público, emboscadas
a la policía o a los bomberos, razzias desde los
suburbios hacia los centros urbanos, etc… Como
demuestra un estudio sociológico encargado para
analizar el fenómeno, la delincuencia de los jóvenes
afro-magrebíes es también un medio de conquista de
territorios y de expulsión de los europeos en el
interior del territorio estatal francés. No está
motivada únicamente por razones de simple
criminalidad económica.
A
partir de los suburbios, se crean enclaves o "zonas
sin derecho", que se extienden como manchas de
aceite hacia el exterior. Desde que la población
alógena alcanzó cierta proporción, la delincuencia
ha hecho emigrar a los "petits blancs", acosados por
las bandas étnicas. (…) Se calculan en más de 1000
estas zonas en Francia. El fenómeno de parcelación
del territorio puede sugerir que estamos entrando en
una nueva Edad Media. Pero también encubre un
proceso de colonización territorial, proceso que
hace pedazos las utopías izquierdistas del
"mestizaje étnico". Las élites intelectuales
francesas, que suelen vivir en las caras barriadas
reservadas a los blancos, siempre han propuesto el
mestizaje social en las zonas urbanas. El mestizaje
funciona de forma muy diferente entre las clases
sociales de origen europeo. Entre las élites, que
niegan las diferencias étnicas, no existe problema
alguno en abandonar amplias zonas urbanas a las
mayorías emigradas. En estos casos se habla de
"fractura social", cuando la realidad es que se
agita una fractura racial y etno-cultural
Los
políticos invocan vagas causas económicas, cuando en
realidad se agitan causas étnicas muy transparentes.
Peor aun: culpabilizan de "petits blancs" a las
clases populares, que se quejarían, por pura
exageración, ante "fantasmas", por evidente racismo.
Ellos serían los responsables de la formación de
"ghettos". (…) Pero, en propiedad, no se trata de
ghettos, sino de territorios conquistados y de
colonias. Un ghetto es una zona relegada a una
población que sufre un ostracismo. Hoy, en Francia,
son las poblaciones alógenas las que han
conquistado, por la fuerza, sus espacios
territoriales. Hablar de ghettos es presentar a los
inmigrantes como víctimas, mientras que por el
contrario son los actores voluntarios de sus
espacios autónomos. Hablar de ghettos deja entender
que se está hablando de miseria, de pauperismo en
las "zonas sin derecho" cada vez más numerosas. Al
contrario, la economía criminal, centrada en la
droga y en la reventa de bienes robados, así como
otros recursos legales o fraudulentos, hacen que
estas poblaciones accedan a un nivel de vida
confortable, a veces superior a los de un asalariado
francés.
Las
iglesias, la mayor parte de los partidos, una
miríada de instituciones y asociaciones, el mundo
del show-business, durante años, han abogado por la
instalación de emigrantes, por la apertura de
fronteras y por la inexpulsabilidad de los
clandestinos. ¿Animados por un cierto etnomasoquismo?
¿Por xenofilia? ¿Por ingenuos adalides de la
religión de los derechos humanos? ¿Por snobismo
antirracista o políticamente correcto? ¿Por voluntad
deliberada de mestizar Francia y Europa, por odio a
la "pureza étnica" europea? Sin duda, un poco de
todo. En todo caso se constata una mezcla de
fatalismo cara a la inmigración incontrolada y ante
la ya declarada incontrolable. Un fatalismo de
pulsiones autodestructivas hacia el pueblo propio.
"¡¡¡ Sí, invadidnos, nos hacéis un favor !!!"
En
agosto de 1999, Yaguine y Fodé, dos colegiales
guineanos, se introducían en el tren de aterrizaje
de un Airbús (…) y fueron encontrados muertos por
hipotermia. Entre las ropas de uno de ellos, se
descubrió una carta interesante (…) en ella pedían
asilo por razones de guerra (no hay guerra en
Guinea) y debido a la miseria de sus familias (las
investigaciones demostraron que pertenecían a la
clase alta de su país). Entre los creadores de
opinión se dispararon las alarmas. Si habían muerto
dos niños, habían muerto por nuestra culpa, por
nuestra negativa a acoger sin discusión a todos los
"pobres" del continente negro. (…) Inmediatamente
después, como demuestran los archivos, las llamadas
asociaciones antirracistas se lanzaron en una
campaña de crítica hacia los controles aduaneros en
los flujos migratorios en Europa (los más laxistas
de todo el mundo) y en una crítica de la egoísta
Europa (cuando ahora que se agotan los fondos de
ayuda al Tercer Mundo, Europa se ha mostrado la más
generosa). Para muchos de los responsables
africanos, el discurso consiste en forzar las
puertas de Europa a cambio de un chantaje moral.
Hablamos de la colonización por la mendicidad y la
compasión.
El 4
de agosto de 1998, una adolescente menor de edad fue
violada y después abominablemente torturada por dos
jóvenes africanos que se la encontraron por la calle
preguntando una dirección. Después de los hechos,
orinaron simbólicamente sobre su cuerpo martirizado.
La chica murió a causa de la hemorragia provocada.
Su calvario y su oración fúnebre se resumieron en
dos líneas pintadas por los asesinos con la sangre
de la chica en la pared, que aparecieron
fotografiadas en el semanario "Le Parisién", el
05/08/98: "chiens écrasés" ("aplastad a los
perros"). La chica no era guineana, sino polaca. Se
llamaba Ángela... Para mí, la memoria de Ángela vale
mil veces más que la de Fodé y Yaguine.
No me
cansaré de señalar que la mayoría de los
inmigracionistas colaboradores y sus cabezas de fila
proceden de la burguesía o pertenecen a las clases
sociales perfectamente preservadas del contacto con
las poblaciones alógenas, totalmente protegidos de
la criminalidad en general. Su desprecio, su
ignorancia de las condiciones de vida y de
cohabitación del pueblo europeo real, de los "petit
blancs", es inconmensurable.
Esta
nueva izquierda, convertida al capitalismo, defiende
con garras un socialismo virtual y un
inmigracionismo real. En este cocktail, es difícil
adivinar la parte de imbecilidad, de altruismo
alucinatorio, de snobismo antirracista, de
etnomasoquismo y de (peor todavía) cálculo político.
El sentimiento que domina entre los colaboradores es
el mismo que atrapó a las élites declinantes romanas
en el siglo III: la ruindad y la cobardía, (…) y un
egoísmo indiferente hacia su propio pueblo y hacia
sus generaciones futuras. La historia retendrá que
los europeos, y concretamente sus burguesías
declinantes, fueron los primeros responsables de la
colonización de Europa y de su submersión
demográfica. Los inmigrantes del Tercer Mundo, que
yo considero como el enemigo principal, desde su
punto de vista tienen perfecta razón para
invadirnos. Ellos rellenan un vacío, al igual que
los americanos rellenan un vacío ante la ausencia de
los europeos en los planes geopolíticos y
estratégicos.
Los
burgueses fueron los aliados de los ingleses en el
siglo XV, como la izquierda fueron los primeros en
claudicar en la II Guerra Mundial. Para resolver el
problema, problema del que surgirá el caos, no hay
otra solución, por un medio o por otro, que reducir
al silencio a los colaboradores, a los lobbies
inmigracionistas, que son las causa primera, tras 30
años, de nuestra colonización. El
enemigo-colonizador, es un enemigo estimable, un
enemigo que juega su juego. Pero los colaboradores
que atentan contra su campo, que apuntan sobre su
propio objetivo, no merecen, como decían De Gaulle y
el emperador Diocleciano, gracia alguna.
La
política de ghettos es imposible: los territorios
urbanos no son lo suficientemente grandes, ni los
medios de transporte lo suficientemente lentos para
impedir las fricciones étnicas. Ciudades como
Roubaix, Mantes-la-Jolie, Créteil, Le Val-Fourré,
hoy en día son patrimonio de las poblaciones
alógenas, no son ghettos, centros urbanos casi
prohibidos a los europeos y focos de enfrentamientos
raciales. En América, las zonas de mayoría
no-caucásica (que dicen allí) suelen estar rodeadas
de cordones sanitarios y no ofrecen mayores
problemas. Los Estados Unidos, después de todo,
desde su origen, son un país de inmigración y de
impermeabilidad étnica; este es el fundamento de su
contrato social. En Europa, el modelo de la
cohabitación territorial de las etnias, como en
el caso del Oriente Medio, es inaplicable e
inviable.
La
política del mestizaje étnico es también imposible;
y no sólo en Francia, sino en todos los países del
mundo. Presa de un repentino impulso de demagogia
social, la alcaldía de París se embargó, durante los
años ochenta, en construir bloques y barrios
enteros, cómodos y a bajo precio, reservados, en
nombre de una "discriminación positiva" que no se
atreve a llamarse por su nombre, sólo a familias
africanas y magrebíes, con el fin de "apaciguar las
tensiones" y de "favorecer la integración" de estos
"franceses de hecho". Diez años después, podemos
leer en la revista "Paris-Le Journal", editada por
el ayuntamiento, las siguientes noticias: "La
delincuencia continúa en progreso. 284.663 crímenes
y delitos en 1998 contrastan contra los 272.145
denunciados en 1997. Esto señala un aumento del
4,6%, es decir, el doble de la media nacional (…) La
delincuencia de los menores en las nuevas zonas de
población en fuerte crecimiento" (nº94, abril 1999).
Y los progresos en la inseguridad de (en los
colegios, en las calles, por robo o a mano armada)
conciernen más exactamente a los distritos
construidos bajo la legislación especial para
inmigrantes que los edificados en los siglos XV,
XVIII y XIX.
Tomemos el ejemplo de la nueva África del Sur,
fundada sobre el mito de la cohabitación
multirracial. Tras la abolición del apartheid y la
instauración del poder negro, la inseguridad es tal,
la criminalidad negra ha subido a tales alturas que
los blancos, los asiáticos, los zulúes y los xhosas
se atrincheran a cal y canto en sus zonas
respectivas. La paradoja de la nueva Sudáfrica es
que tras la abolición del apartheid, el apartheid es
ahora un hecho más fuerte y presente que nunca.
En la
vida, el hecho de reconocer que ciertos problemas no
tienen solución, salvo la crisis, es una constante
histórica. ¿Políticas de ghettos, políticas forzadas
de mestizaje étnico? En los dos casos, un callejón
sin salida. Desalentado, Gérard Dezempte, alcalde
por el gaullista RPR en una comunidad de 8.500
habitantes, Charvieu-Chavagneux, tomada por la
criminalidad asfixiante, declaraba a la prensa en
enero de 1999, con una lucidez poco corriente:
"Si se desea luchar contra los ghettos, es
preciso cambiar de legislación. Hoy impera una
noción de tolerancia, y el desequilibrio racial es
tan pronunciado que nos conduce progresivamente a la
guerra civil. Mi ciudad sufre de hecho la guerra
civil". Para nuestra pequeña historia, anotemos que
el consejo municipal de Charvieu-Chavagneux había
votado, el 24 de septiembre de 1998, la organización
de un referéndum sobre "la segregación de las
poblaciones concernientes a las leyes HLM", llamadas
por otro nombre poblaciones afro-magrebíes. El
prefecto declaró las deliberaciones como ilegales,
despreciando las 13.000 firmas presentadas por
petición popular a favor del referéndum. Esta es la
democracia moderna. ¿La "guerra civil", según las
palabras de Gérard Dezempte…? Para salir de un
atasco, es preciso construir accesos. Los
medicamentos del "docteur République" ya han
caducado. Es la hora de los cirujanos.
Desgraciadamente, esta "segregación" crearía un
coste monetario asombroso para las arcas del Estado
(la "politique de la ville" cuesta unos 20 millardos
por año), pero se explica porque los franceses, de
hecho, no soportan ya vivir en las zonas donde la
concentración de afro-magrebíes es mayoría o es muy
fuerte, por el hecho del comportamiento mismo de las
poblaciones. Ningún voluntarismo estatal podrá hacer
ya nada contra esta negativa a la integración, que
ya no podrá ser más decretada ni financiada. Es la
lógica de los ghettos de Los Angeles, donde ningún
coreano aceptará bajo ningún pretexto la instalación
de ningún negro en sus zonas. Pero el Estado francés
no ha admitido nunca las realidades étnicas, como
otros negaron la esfericidad de la Tierra. Hablando
de las "zonas desfavorecidas" (y por lo tanto
irrigadas por la mano financiera de los
contribuyentes), el diputado Cardo explica: "El
mestizaje social avanza muy poco. Las minorías
sociales (que en su lenguaje quiere decir "étnicas")
se refugian en las zonas donde la vida es difícil y
la inseguridad fuerte. Y es difícil hacer regresar a
las gentes que abandonan esas zonas".
¿Por
qué no reflexionamos sobre los hechos siguientes?
Los polacos, los italianos, los portugueses, los
españoles que inmigraron masivamente a Francia
durante los años sesenta jamás necesitaron de
"políticas de inserción" para participar en la vida
económica, para formar parte del tejido social, para
escapar a la delincuencia. Con los africanos y los
magrebíes, la misma asistencia social no puede
evitar su aserción. Y aquí se descubre un problema.
La ideología dominante no puede, evidentemente,
admitir que la causa de esta inserción imposible no
es ni social, ni económica, ni financiera, sino
étnica. Si la inserción de los afro-magrebíes no
funciona, no es porque la política de inserción esté
equivocada, sino porque la misma inserción de estas
poblaciones es consustancialmente imposible. La
distancia etnocultural entre estas poblaciones y los
europeos es demasiado extensa para que sea posible
una cohabitación.
La
misma perspectiva de ver crecer en Europa estos
territorios, cada vez más extensos, ocupados por
comunidades alógenas que, a partir de estos
reductos, quieren irradiarse, es inadmisible. Los
poderes públicos se despreocupan de las dramáticas
consecuencias que están creando. Se aferran al dogma
inefectivo de la integración y de la dispersión de
la población contra la formación de ghettos, en
nombre, por otra parte, de una política pro-islámica
que es la menos efectiva para impedir la extensión
de las "zonas sin derecho". Los poderes públicos,
completamente desbordados e inconscientes del
peligro, no realizan política alguna que no sea la
del "dejar-hacer". Otros, más conscientes, dicen que
estamos condenados a la extensión de las zonas
territoriales alógenas. El propósito de este libro
es dar a conocer las fórmulas que se oponen a lo
inadmisible.
Al día
de hoy están censados 4 millones de musulmanes en
Francia. La cifra real posiblemente es más elevada,
entre los 6 y 7 millones. El islam es la segunda
religión de Francia. Más o menos existen unas 1430
mezquitas en Francia. Sus practicantes son jóvenes
(mientras que los practicantes católicos son
viejos), con un alto nivel de evolución demográfica,
tanto por el flujo masivo de inmigrantes como por la
alta natalidad de los islamistas. Si nada lo impide,
el islam será la primera religión en Francia a
partir del 2015. Francia contiene más musulmanes que
Albania y Bosnia juntas. En la Unión Europea, se
estima que el número de musulmanes alcanza los 15
millones. Están en crecimiento en todos los países.
Afirmar hoy que "Francia no tiene trazas de devenir
en una república islámica" es una afirmación tan
ridícula como el afirmar en los años cincuenta que
"Alemania no se reunificará jamás", o que "el
comunismo no puede desaparecer".
Ninguno de mis propósitos es fijar una mirada de
odio hacia el islam, el cual no siempre practica
esta reciprocidad. En revancha, considero al islam
como una grave amenaza y un enemigo, desde el
momento en que esta religión de conquista procede a
una instalación masiva y consciente en Europa. A un
enemigo no se le desprecia, se le combate. Y cuando
se estudia al combatiente, no deja uno de asombrarse
por la ingenuidad de los intelectuales de hoy día,
que le declaran tolerante, sin haberlo estudiado
jamás.
Por lo
mismo, se puede partir perfectamente de los valores
del enemigo. Su carácter de enemigo viene de su
puesto de ocupante. Se puede, como el islam,
combatir y deplorar el materialismo y el
individualismo inherentes al Occidente moderno, sin
dejar de considerar que la instalación del islam en
Europa es un acto de guerra, según los mandatos del
Corán. Las palabras de alerta de Carl Schmitt se
aplican magníficamente a todos los europeos
tolerantes con el islam: "Si no eres tú quien decide
quién es tu enemigo, y si te declaras su amigo
cuando él ha decidido que eres su enemigo, entonces
no podrás nada".
Contrariamente a la opinión de los islamófilos, el
islam no es solamente una "fe universal", como el
cristianismo, sino una "comunidad de civilización"
("umma") que tiende a la expansión. El proyecto
implícito del islam en Europa es simplemente la
conquista de Europa, como así lo estipula el Corán.
Ya estamos en guerra, y los europeos occidentales no
lo han comprendido. Los rusos, por el contrario, sí.
Porque el islam es un vehículo de valores
trascendentes que propone una doctrina individual y
colectiva en la cual las normas superiores e
intangibles se imponen a los creyentes, dando así un
valor a su existencia (…), pero el islam no
corresponde en nada al espíritu europeo. Su
introducción masiva en Europa desfigurará la cultura
europea más aún que el hecho de la americanización.
Un dogmatismo reivindicado, una ausencia de espíritu
fáustico, una negación fundamental del humanismo
(entendido como autonomía de la voluntad humana) en
nombre de una sumisión absoluta a Dios, una rigidez
extrema de obligaciones y de relaciones sociales, un
monoteísmo absoluto, una confusión teocrática de la
sociedad civil, una reticencia profunda hacia la
libre creación artística o científica, son los
trazos incompatibles con la tradición mental
europea, fundamentalmente politeísta.
Aquellos que creen que el islam pudiera
europeizarse, adoptar la cultura europea, aceptar la
noción de laicidad, cometen un grave error. El islam,
por esencia, no aceptará ese compromiso. Su esencia
es autoritaria y guerrera. (…) Dicho de otra forma,
con la introducción del islam en Europa, se
presentan dos riesgos: desfiguración o guerra.
En una
primera etapa, el discurso del islam en Europa se
hace relativamente tolerante. Los responsables
musulmanes dicen "querer respetar las leyes de la
República" y la laicidad, a pesar de que ello es
totalmente incompatible con el Corán, pues allí no
se acepta otro derecho más que el derecho coránico,
que también incluye el derecho civil. Se presenta
con un mensaje que pertenece a la "estrategia del
zorro" evocada por Maquiavelo.
Pero
ya se elevan en Francia, como en Gran Bretaña, las
voces que demandan para los musulmanes un derecho
especial. Sus partidarios creen llegada la hora de
afirmar estas reivindicaciones. Como veremos más
adelante, el islam no revela jamás con franqueza sus
intenciones a aquellos que considera enemigos,
nosotros, los Infieles; este camuflaje es para ellos
una obligación teológica y moral.
En un
segundo tiempo, con el aumento constante de
efectivos musulmanes por un vuelco del diferencial
demográfico, los flujos constantes de inmigración,
más la conversión de los autóctonos, Europa será
declarada "tierra de conquista" por el islam, lo que
constituye una revancha radical de las tendencias
históricas de siglos pasados. Revancha contra las
cruzadas y la humillación de la colonización, y
conquista mediante un gran movimiento de expansión.
El
islam es por esencia intolerante y su lógica es
aquella, tan maquiavélica, de la utilización
conjunta de la fuerza y de la astucia. La astucia se
emplea siempre que los musulmanes son minoritarios y
débiles, la fuerza, en el momento en que su
dominación está asegurada. Es así que entre los
inmigrantes árabe-africanos, el islam se piensa no
como una religión de esencia espiritualista, sino
como una autoafirmación étnica y de revancha frente
a los europeos. Más aún que el cristianismo, hoy muy
debilitado, el islam es la religión por esencia de
la verdad revelada e imperativa, y, con una
conciencia ciega, siempre se cree en su derecho y
justifica todos sus actos, hasta la exacción,
cometidos en nombre de su expansión y de la gloria
de Allah.
Los
europeos, ingenuos defensores del islam, cometen el
error de no conocer ni interpretar el Corán como un
bloque sincrético, como un texto globalmente lógico,
antes que como un texto de "varias lecturas", rico
en interpretaciones.
Se
subraya la "tolerancia y la fraternidad entre las
religiones, la libertad de creencia" inscritas en
los preceptos coránicos (sura II, 256); se insiste
en el rechazo de todo integrismo y fanatismo, "el
islam como comunidad del justo medio" (II, 143), o
bien "el rechazo de la violencia en materia de
religión" (II, 257). El islam estaría unido a la
compasión y al perdón de las ofensas, no se debe
responer el mal al bien (XLI, 34; XXIII, 96; XII,
22), o bien el islam estaría unido a la humanidad
hacia los enemigos, que obliga a todo musulmán a
darles protección (IX, 6). Estos versículos se
contradicen con catorce siglos de comportamiento del
islam, que privilegia la violencia siempre que las
relaciones de fuerza le son ventajosas, que ignora
el perdón y la compasión, que erradica o somete en
ghettos a las otras religiones en los territorios
que han conquistado, que no tolera bajo ningún
concepto ni a los paganos politeístas ni a los
ateos.
Estos
versículos pacíficos son un engaño, una astucia.
Teológicamente, en el Corán, son anulados por los
versículos bélicos escritos con posterioridad,
especialmente aquellos de la sura IV, sobre la cual
hablaremos más adelante. (…)
De
manera general, el islam no practica una política de
paz y de tolerancia aparente sino cuando se
encuentra en minoría. Varios países musulmanes, como
Arabia Saudita, proscriben absolutamente la
construcción de iglesias en sus territorios. La
práctica de un culto cristiano está prohibida a los
extranjeros residentes en el país. En la mayor parte
de los países musulmanes, la entrada o la residencia
de sacerdotes cristianos es casi imposible, y todo
proselitismo está rigurosamente prohibido, bajo pena
de expulsión inmediata. En Europa, el proselitismo
musulmán está protegido y financiado (construcción
de mezquitas) por los poderes públicos, confundiendo
la laicidad con la ingenuidad. La regla de la
reciprocidad que por siempre ha regido el derecho
internacional no se corresponde aquí, y los europeos
lo aceptan con toda naturalidad, en su demérito,
esta regla del "dos pesos, dos medidas", que a los
ojos musulmanes no es sino un signo de debilidad y
de claudicación, que justifica y legitima la
"voluntad divina" de su movimiento de conquista etno-religiosa
de Europa. En el espíritu del islam, el hecho de que
los europeos no exijan a los países musulmanes la
misma neutralidad laica, la misma libertad de culto
que ellos practican hacia los musulmanes, significa
aquí que "Los europeos saben que están en el error;
ellos reconocen la superioridad del islam y ante la
superioridad de Allah se postergarán ante nosotros
reconociéndose Infieles y que es justo que sean para
nosotros tierra de conquista"; estas palabras de un
famoso imán egipcio fueron recogidas en el diario AI
Ahram, de El Cairo
Los
europeos ignoran los mismos fundamentos del islam,
especialmente el cínico imperativo de las tres
etapas de conquista:
En un
primer tiempo, la comunidad musulmana instalada en
un territorio extranjero, al encontrarse en minoría,
debe practicar el "Dar al-Sulh", la "paz
momentánea", para que los infieles, en su ignorancia
e ingenuidad, permitan el proselitismo islámico en
su propio suelo, sin exigir ninguna reciprocidad en
tierras musulmanas. Es la etapa que vivimos
actualmente en Europa, que hace creer que un islam
laico y europeizado es posible.
En un
segundo tiempo, cuando la implantación de la
comunidad islámica está confirmada, entra en juego
el imperativo de la conquista y de la violencia. Es
el "Dar al-Harb", donde la tierra de la infidelidad
se convierte en "zona de guerra", y en la cual toda
resistencia a la implantación del islam debe ser
aplastada, ya que su número suficiente hace posible
que los musulmanes abandonen la prudencia de los
primeros tiempos de la conquista. Esta es la fase
que no tardaremos en vivir: ya estamos viendo las
premisas.
La
tercera etapa es aquella en la que los musulmanes
acaban por dominar. Es el "Dar al-Islam", el
"reinado del islam". Los judíos y los cristianos son
tolerados como minorías, sujetos a un derecho
inferior como "dhimmis" ("protegidos") que les
sustrae la mayor parte de sus derechos civiles; los
paganos politeístas ("idólatras") y los ateos son
perseguidos, y toda la población debe someterse a
las reglas sociales del islam. Los no-musulmanes no
pueden beneficiarse de una posición social
dirigente. En Marruecos, donde los cristianos eran
tolerados y los judíos protegidos, ambos tienen
ahora el mismo status de protegidos al finalizar el
protectorado francés, aunque allí no se produjo
ninguna guerra como en Argelia.
Para
muchos actuales líderes islámicos mundiales, el
objetivo declarado es imponer en Europa la ley del
"Dar al-Islam". Hablamos de un proyecto planificado,
de una voluntad política puesta en marcha, ya que
Dios así lo ordena. El islam es un universalismo
absoluto y proselitista con vocación imperativa de
conquistar toda la tierra. (…)
Los
años sesenta conocieron la revitalización de la
potencia islámica, al final de la colonización
europea. Hoy estamos en los tiempos del
contraataque.
El
proselitismo cristiano desea imponer una fe
universal, pero el proselitismo musulmán desea
implantar una civilización, un modo de vida y una
sumisión política. El islam no es tanto una
religión, en el sentido espiritual del término,
cuanto un imperialismo político y étnico con la
voluntad de implantar en todos sitios una
civilización intolerante en la cual los musulmanes
dominarían a todos los demás, como el hombre domina
a la mujer. Pretender separar, en el islam, la
política de la religión es completamente vano; ambas
no son sino una sola y la misma cosa.
Los
sermones de los imanes en las mezquitas de nuestros
suburbios, que los islamófilos de salón no han
entendido jamás, apelan abiertamente a la conquista
del suelo francés y al trabajo proselitista de
conversión. Desde hace tiempo las noticias dan
cuenta de ciertos imanes que predican directamente
la violencia armada. Los curas, en su miserabilismo,
hace ya tiempo que renunciaron a la conversión; en
sus prédicas, al contrario, apelan al islam como una
religión hermana, como un enriquecimiento. Cuando se
piensa que el ecumenismo jamás ha funcionado con los
protestantes y los judíos, ¿cómo imaginar que
pudiera ser posible con el islam? Es la fábula del
pastor que deja entrar en el aprisco a los lobeznos;
cuando crecieron y se convirtieron en lobos ya era
tarde. Los prelados y los hombres políticos harían
bien en releer de cuando en cuando a La Fontaine.
La
doctrina de la cohabitación de comunidades es
inaplicable al islam, al igual que al comunismo. Los
partidarios del fulard, de los derechos específicos
al culto musulmán, de una cohabitación harmoniosa
como una "piel de leopardo" según un confuso derecho
a la diferencia, se equivocan de cabo a rabo. Porque
el islam es visceralmente antimulticulturalista y
opuesto a todo derecho a la diferencia. Su
monoteísmo absoluto le ordena reinar sin oposición
sobre la sociedad conquistada. Intrínsecamente, el
islam se piensa a sí mismo como la única comunidad
legítima, la comunidad de los creyentes, que posee
el monopolio de la existencia y de la expresión, y
donde las otras comunidades no pueden beneficiarse
sino de un status inferior de infieles y tolerados.
Para el islam, una sociedad plural, tribal,
caleidoscópica, es fundamentalmente impía; no es más
que una transición para conseguir la dominación de
una comunidad –la musulmana- sobre las otras,
preludio para su eliminación o conversión.
Hoy
día, los líderes musulmanes, en las sociedades
europeas, juegan la carta de una coexistencia
comunitaria, y proclaman sus sentimientos laicos.
Pero no dejan de tener como objetivo a largo plazo
la implantación de la "sharía", la ley islámica. La
aceleración de la historia demográfica llegará a
convencer a los más escépticos.
Desde
su punto de vista, los paganos politeístas
tolerantes y multiculturalistas sufren una ceguera
total. Estos levantan la voz contra la intolerancia
republicana jacobina que pretende imponer su modelo
asimilador; se elevan contra el culto de lo Único y
contra este culto defienden la coexistencia del
islam. Pero, ¿Se han parado a reflexionar que el
islam es la doctrina social y política más
asimiliacionista que existe? ¿Saben que el islam es
el más ardiente defensor de lo Único, que rechaza y
refuta todas las diferencias? ¿Imaginan los
defensores de el fulard en las escuelas republicanas
que en los colegios coránicos de Francia las cruces,
las estrellas de David, los martillos en miniatura,
cualquier tipo de medallas y símbolos religiosos
ajenos al culto musulmán están prohibidos sin
apelación?
El
islam funciona exactamente según el mismo principio
totalitario que el comunismo. Al igual que éste, con
sus doctrinas del proletariado como única comunidad,
de la lucha de clases y del partido único, el islam
tiene vocación de absorber todo el campo social y
político. La visión de una sociedad de "libertad de
comunidades" le es tan extraña como insoportable,
tal como el multipartidismo lo es para el comunismo.
Durante los años cincuenta, los comunistas tomaron
la consigna de no hablar de la dictadura del
proletariado y la conquista de la sociedad, tal como
los islamistas esconden hoy sus verdaderos
objetivos, hablando de multipartidismo y de libertad
de opinión. El comunismo se derrumbó, y el PCP es
hoy un partido socialdemócrata. Para en el islam,
una mutación tal es imposible. Marx está
desacreditado, pero no es el caso de Allah.
La
idea multiculturalista propone una hipertrofia de la
tolerancia. Frente al islam hoy en día, el
multiculturalismo recuerda las ingenuas
reivindicaciones de los liberales a los partidos
comunistas de la Europa oriental. El
multiculturalismo es una ilusión liberal fundada
sobre la existencia de que la cohabitación es
posible. Pero cuando el otro no se entiende contigo
y no quiere cohabitar contigo, entonces es muy
posible que te imponga sus exigencias. (…)
Desgraciadamente, aquellos intelectuales o políticos
que defienden al islam no le conocen. Ignoran su
naturaleza teocrática según la cual todo Estado es
ilegítimo si no se rige según los preceptos de la
religión islámica. Para un musulmán no pueden
coexistir una ley laica neutral y pública y una ley
musulmana fundada sobre la fe y que se extiende
hasta el dominio privado. (…) La fe y la ley son
indisociables, lo cual significa que desde el
momento en que la religión islámica deviene mayoría
en un país, tal país debe abandonar sus costumbres
legislativas y adoptar el derecho coránico. Si nada
se le opone, si la lógica demográfica se consuma, el
islam devendrá la religión mayoritaria en muchos
países de Europa. Sería una estupidez pensar que
entonces no pasaría nada…
Los
europeos subestimamos la determinación islámica, su
potencia y su peligro. Consideramos que son "una
religión como cualquier otra", que se inscribe en un
"nicho", como el judaísmo o el budismo, cuando en
estas religiones no existe en absoluto la obligación
del proselitismo. El islam no reposa sobre
especulaciones, dudas, interrogaciones,
abstracciones, sino sobre principios. Por
definición, estos principios son intangibles. En
tanto que los europeos carecen de principios se
arriesgan a la vez a ser víctimas del islam y a
estar fascinados por él. Para hacerse respetar ante
los musulmanes habría que hacerles respetar los
mismos principios intransigentes que ellos
manifiestan. Conviene sobre todo no mostrar ninguna
debilidad, ninguna tolerancia ante sus exigencias.
Es necesario instalarse en posiciones determinadas;
si no es posible una cohabitación con el islam que
planea la colonización de Europa, habrá que pensar
en su expulsión.
El
genio del Corán no reside en su espiritualidad
religiosa, que es casi inexistente, sino en
constituir el mejor tratado de estrategia de
conquista geopolítica de la humanidad. El Corán
supera con creces las obras de Sun-Tzu, de
Maquiavelo o de Clausewitz.
La
mayor parte de los europeos no se han dado cuenta,
especialmente los islamófilos y los inmigracionistas,
y que ninguno de ellos ha leído jamás el Corán, ni
habla árabe, ni han puesto jamás sus pies en país
musulmán alguno, excepto quizás en los suburbios de
Club Med, ninguno de ellos vive en una cuidad con
mayoría musulmana. Para ellos, el islam, y toda la
inmigración, son hechos abstractos, lejanos,
simpáticos. Son gentes que viven una vida propia de
las clases descomprometidas, virtual, alejada de la
realidad; son gentes que se derrumbarán ante la
realidad que se aproxima.
¿Qué
nos depara el porvenir?, preguntaba Albert Kehl. "Un
sobresalto de autoridad que traerá la calma, la
obediencia a nuestras leyes, y por lo tanto el
fatalismo instalado por un tiempo entre la población
musulmana, el dejarse llevar, estallará en un punto
de fanatismo declarando la conversión al islam o la
condición de "dihimmis" de nuestro pueblo sobre
nuestro propio suelo hasta los tiempos indefinidos.
La única solución verdaderamente eficaz, la única
digna para nosotros, pueblos de Europa, pasa por el
retorno a sus países de origen de la inmensa mayoría
de los islamistas".
Se
puede decir mejor, pero no más claro. Bien
entendido, este género de propuestas es hoy
considerado, en estos tiempos de neurosis
etnomasoquista, como diabólico. No es perverso el
permitir que el enemigo nos conquiste, pero es
perverso que nos defendamos. Bien, seamos perversos.
El
islam está fundamentalmente atormentado por la idea
de la guerra santa. Los conceptos de muerte, de
venganza, de exterminio, de matanza son constantes
en el Corán. Quienes hablan del islam como una
religión de paz y de cohabitación son precisamente
aquellos que ignoran el islam. Los recientes sucesos
en Afganistan y Argelia, las escenas de barbarie
cotidiana, son un hecho consustancial al islam. No
se trata de accidentes o de crímenes cometidos por
falsos musulmanes, sino de un salvajismo inscrito en
el cuadro teológico de esta religión. Se pretende
hacer creer que existen un fundamentalismo
extremista y un islam civilizado. Se olvida que el
mismo "islam civilizado" puede en cualquier momento
devenir bárbaro, pues el Corán se esmalta con
apelaciones a muerte contra los infieles o los
traidores. El "no matarás" es una prescripción
desconocida entre los musulmanes.
Para
mostrar que no hablamos de fantasmas o de
acusaciones malevolentes, veamos algunos pasajes del
Corán, ampliados con unos comentarios.
Sura
2, versículo 190: "Y combatid en la senda de Dios a
aquellos que os combaten"; sura IX, versículo
5: "…Y matadlos donde les encontréis,
cazadlos, sitiadlos, preparadles toda clase de
emboscadas".
Aquí
se encuentra la justificación del mártir, una de las
bases fundamentales del terrorismo islamista: "Que
seáis muertos o que seáis matados, sí, es con Dios
con quien os reuniréis. No penséis como en difuntos
a los que han muerto en la senda de Dios (la guerra
santa), al contrario, viven al lado de su Señor.
Porque la vida presente no es sino un objeto de goce
engañoso. Aquellos que están expatriados, aquellos
que han sido expulsados de su residencia, que han
perseguido Mi sendero, que han combatido y que han
sido muertos, Yo les haré entrar en el paraíso" (sura
3, versículos 158, 169, 185, 195). El morir en el
nombre de Dios es la certidumbre de obtener el
paraíso. La fuerza del islam reposa en estos
simplismos brutales.
He
aquí otros versículos, recogidos de las suras 4, 5,
8, 9, 17, 33, 47 (…)
"A
quienquiera que combate, tanto si muere o vence,
Nosotros le daremos un gran salario. No cojas amigos
entre los infieles hasta que ellos acepten la senda
de Dios. Pero si ellos se vuelven de espaldas,
matadles entonces y donde les encontréis" (Se
resalta la total ausencia de sentido del honor y la
apología de la vileza al servicio del Dios
recompensador).
"Por
consiguiente, si ellos no quedan neutros ante
vuestras consideraciones, no les tenderéis la paz y
no les daréis la mano, sino que les matareis allá
donde les encontréis. No son iguales los creyentes
que se quedan sentados y los que luchan en la senda
de Dios". Aquí se puede ver, en esta afirmación de
la superioridad intrínseca del mujaidín, que la
guerra santa es una etapa permanente, casi obsesiva.
El musulmán que combate, que milita, es superior a
aquel que se contenta con practicar su fe.
"Y
cuando os lancéis sobre el Mundo, no temáis que los
infieles os pongan a prueba, los infieles son para
vosotros, verdaderamente, enemigos declarados".
Triple
alusión: en situación de debilidad, el musulmán
puede practicar el engaño y no seguir su religión
para así obtener ventajas, por otra parte todo
ecumenismo con otras religiones está proscrito. La
Iglesia católica es una ingenua… En fin, el deber
del islam es la conquista.
Buena
conciencia del combatiente –o del terrorista:
"Cuando das muerte, no eres tú quien les da muerte,
sino que es Dios quien les mata. Y cuando disparas
(la flecha), no eres tú quien dispara, sino que es
Dios quien dispara. Oh, Profeta, anima a los
creyentes al combate".
(…) Conquista y guerra santa permanentes son
preferibles al trabajo, a la perspectiva y a la
fundación, a una civilización pacífica:
"Oh, los creyentes. Partid en campaña
en la senda de Dios. ¿Os agrada la vida presente?
¿Os pesa más la tierra que el más allá? Si no partís
en campaña, Dios os castigará con un castigo
doloroso. Ligeros o pesados, partid en campaña y
luchad en la senda de Dios. Quienes se retrasan y se
quedan sentados se oponen al mensaje de Dios y
rechazan combatir en la senda de Dios. ¡Oh, los
creyentes! Combatid a los infieles que se os
acerquen, que encuentren en en vosotros la fuerza".
Es un
hecho evidente que la mayoría de la población
alógena, y más especialmente árabe-africana, que
vive en Europa es apacible. Pero no es menos
evidente que en los países más afectados por la
emigración (Francia y Bélgica, particularmente), la
mayoría de los actos delictivos violentos (hurtos,
violaciones, agresiones, atracos y demás hechos
diversos), de los crímenes de sangre y de los
encarcelamientos conciernen a las poblaciones de
origen inmigrante, especialmente árabe-africanos.
Globalmente, una minoría de inmigrantes es criminal,
pero la mayoría de los criminales son inmigrantes.
Es una
cuestión de estadística y de matemáticas, no de
ideología. Es lo que reconoció con cierto coraje
Jean-Émile Vié, antiguo Prefecto, consejero de la
Corte de Cuentas, relajado ya de sus obligaciones de
reserva, cuando alertó: "Es necesario actuar con
urgencia para evitar la constitución de milicias
privadas y, a largo plazo, la guerra civil". Estoy
convencido que en esta sociedad mutilada y
desarmada, ningún poder público osará "actuar con
urgencia", y que nos dirigimos a la guerra civil.
Desgraciadamente, puede que sea la única forma de
resolver el problema
Las
cifras cantan por sí solas. Según las estadísticas
de la policía y de la gendarmería nacional, dadas a
conocer por la agencia "AB Associates", en 1950 se
registraron 500.000 "hechos delictivos", entre
crímenes y delitos. Hoy hablamos de 4 millones, es
decir, una progresión del 800% en 49 años. Pero es
que no fue hasta 1964 que la delincuencia empezó a
dispararse. Las agresiones (censadas) contra las
personas, menos de 50.000 en los años 50, se han
multiplicado por 4,5 hasta hoy. En 1998, el 45% de
los robos con violencia y el 15% de las violaciones
fueron cometidos por menores de edad. En 1972, sólo
en 2% de los delitos y los crímenes fueron cometidos
por menores. En los casos de incendios y de
chantajes, la proporciones de menores implicados se
dispara hasta el 52%. En cuanto a los delitos
ligados al tráfico de estupefacientes, en el año
1998 la progresión fue del 43,5%. Todas las cifras
son subestimadas, dado que la policía ignora la
mayor parte de los delitos cometidos en las "zonas
sin derecho", pues la mayor parte de las víctimas se
niegan a hablar ante el temor de represalias. (…)
Esta
explosión de la criminalidad entre los menores
alógenos se adapta perfectamente a la curva
ascendente de proporción de menores de 18 años
extranjeros en relación a la población general de la
misma edad, lo cual concuerda con la tesis de que la
explosión de la criminalidad juvenil, factor mayor
de delitos en la sociedad urbana, tiene por causa
directa la inmigración, la creciente presencia de
jóvenes alógenos, mucho más que con factores
socioeconómicos tales como "el declive de la
autoridad paternal" o la "exclusión por el
desempleo" (…) El brutal crecimiento de la
criminalidad en los diez últimos años se explica por
razones étnicas y demográficas, y no
socioeconómicas. Los medios políticamente correctos
sostienen como verdad irrefutable que la explosión
de la delincuencia se debe al desempleo, a la
precariedad y a la pobreza. Este sería el caso del
siglo XIX, pero no de hoy. Contrariamente a lo que
se piensa, los parados y los pobres son poco
delincuentes. Es más, los nuevos delitos tienen poco
que ver con el lucro. Los "nuevos delincuentes"
viven sus crímenes y sus delitos como una fe, una
profesión, un juego. En realidad, socialmente, están
perfectamente insertados… a su manera,
evidentemente; comen sin hambre, visten ropa de
marca y utilizan teléfonos móviles.
La
curva general de la delincuencia, desde 1950 hasta
1998, revela un paralelismo matemático con la
proporción de las poblaciones inmigradas. El rápido
crecimiento de los crímenes y delitos, a partir de
mediados e los años 60, corresponde exactamente con
la llegada de las primeras oleadas importantes de
inmigrantes y no a un pauperismo (…)
La
parte de los afro-magrebíes, jurídicamente franceses
o no, en la delincuencia violenta, robos y tráfico
de estupefacientes, se estima por la policía en un
80%. Bien entendido, se mantiene la prohibición
formal de emprender estadísticas raciales y menos el
publicarlas. Cuando el termómetro indica
informaciones políticamente incorrectas, aun cuando
reflejen la realidad, los medios toman la decisión
de silenciarlas. El porcentaje de afro-magrebíes en
las prisiones permite confirmar la realidad. En
cárceles como Aux Baumettes, en Marsella llegan, por
ejemplo, al 80%.
La
región va a dispensar 32 millones de francos
suplementarios al año (veinte veces más de lo
habitual) para reforzar los medios de la policía.
Esta cifra es similar a la destinada a crear empleos
competitivos. Jean-Yves Le Gaibu, consejero
regional, ha provocado la alarma en los banquillos
de la izquierda al demandar al prefecto de policía
"¿Qué ha hecho usted para contener a las
bandas de delincuentes, generalmente inmigrantes,
que han provocado esta situación?" No es bueno decir
la verdad.
Pero,
ante la clase política y los periodistas, los
investigadores no se atreven a evocar las causas
verdaderas del fenómeno. Se avanzan como
explicaciones la "desresponsabilización de los
padres", la "falta de respuestas judiciales
adaptadas ante las primeras incorrecciones", o que
"la escuela no cumple su rol de integración". Cuando
en verdad es que estas cosas más que causas son casi
efectos. La causa profunda de esta explosión de la
delincuencia es la llegada a la pubertad de una
generación numerosa nacida de la inmigración, que
rechaza la integración en la sociedad francesa (y
europea) "blanca" y que manifiesta una actitud
voluntariamente agresiva, fundada sobre un
sentimiento mixto de revancha y de resentimiento,
pero también de fascinación por el modelo consumista
al cual estiman tener derecho de acceder, aquí y
ahora, sin esfuerzos y sin reciprocidad social. (…)
Las
más altas autoridades del estado confortan el
sentimiento de legitimidad de los jóvenes
delincuentes inmigrantes. Martine Aubry, ministro de
Asuntos Sociales, declaraba en 1998, ante los
continuos actos de pillaje y de degradaciones que
acompañan ritualmente las fiestas de fin de año:
"Ciertos actos de delincuencia o de incivilidad
son comprensibles como reacción ante un sentimiento
de injusticia". Se entiende que muchos de los
delincuentes inmigrantes reaccionan al racismo y a
la marginalización económica. Un aliento tal a las
fechorías de las bandas étnicas no puede sino dejar
pasmado.
En su
demérito, las palabras del señor Aubry se
contradicen por el hecho de que los crímenes
racistas (agresiones, asesinatos, degradación de
bienes) son mayoritariamente actos de afro-magrebíes
contra franceses y europeos autóctonos. Por otra
parte, las sumas pagadas por buena parte de los
contribuyentes a favor de acciones sociales diversas
dirigidas hacia las jóvenes generaciones
descendientes de la inmigración (reinserción,
preferencia de empleo, ayuda material a las
familias…) son cuatro veces más importantes, per
capita, que las sumas consagradas a los jóvenes
franceses de nacimiento. ¿Será esta la injusticia
evocada por el señor Aubry?
Hablar
de "jóvenes delincuentes" es a lo más que llega el
lobby inmigracionista, cuando los demás entendemos
"racismo". El escritor Maurice Radjfus, creador del
"Observatorio de las Libertades Públicas", uno de
los grandes capitostes del lobby inmigracionista,
vilipendia la palabra "sauvageon" ("jóven
problemático") empleada por Chevènement: "este
discurso es inquietante, pues no se comprende que el
término "sauvageon" comprende también a los
sin-papeles, los sin-techo y los parados. También
hay que considerar que este término comprende a
diversas profesiones manuales". Estos fantasmas son
muy habituales en la izquierda más estúpida –y más
trotskista- del mundo. Se intenta resaltar con toda
demagogia una amalgama inexistente entre los parados
y los inmigrantes clandestinos. Este tipo de
discursos, resaltados por la prensa bienpensante (Libération,
18/01/99) revelan simplemente, en términos de
psicoanálisis político, que el mensaje de los
intelectuales inmigracionistas es el siguiente: los
actos delictivos de cualquier naturaleza, desde la
entrada ilegal en el territorio a los delitos de
derecho común, cometidos por las poblaciones
inmigrantes son excusables y respetables, toda
represión de la criminalidad de los inmigrantes es
inmoral, en acto o por simples palabras. La
ideología dominante es en sí una contradicción
ideológica. Primero se es antirracista, después de
profesa que pretender reprimir duramente la
criminalidad es ser racista, y por último se
reconoce implícitamente lo que se niega a otros, a
saber: que la criminalidad es el hecho principal de
los emigrantes.
Los
partidarios dogmáticos de la educación permisiva y
del pedagogismo, doctrina inspirada en "El Emilio",
obra del pre-trotskista Jean-Jacques Rousseau,
provienen del mismo medio ideológico que el partido
inmigracionista. El humanitarismo igualitario habrá
rematado, en dos generaciones, su obra de
destrucción y también de autodestrucción.
Los
métodos permisivos aplicados a las poblaciones de
tendencia delincuente que no comprenden,
culturalmente, la autoridad sin la fuerza, no pueden
acabar sino en la anarquía y el desastre. La
educación nacional ofrece gasolina a los que quieren
apagar el fuego o, en último caso, agua de rosas.
En la
educación pública, no se ofrecen soluciones en el
cuadro de la sociedad y de la ideología actuales.
Las soluciones ofrecidas por la escuela de Jules
Ferry –con su disciplina rigurosa y su civismo moral
autoritario- son inaplicables: los jóvenes
inmigrantes son completamente reacios y el cuerpo de
enseñantes es incapaz de ponerlos en cintura.
La
derecha y la izquierda republicano-autoritaria se
equivocan completamente. En el cuadro del actual
sistema, todo esfuerzo es vano. Cuando ya es tarde,
siempre es demasiado tarde. El sistema ha naufragado
por sí mismo, a los pies de sus errores. Solamente
sobre los escombros del antiguo sistema podrá
edificarse un nuevo orden. Llegados a un cierto
nivel, a un cierto estado de descomposición, toda
reforma es vana.
La
mayoría de los "problemas" de la educación nacional
provienen de dos causas: el laxismo pedagógico
antiautoritario y antiselectivo, y el caleidoscopio
étnico de la población escolar. Pocos periodistas
han tenido el valor de Jean-Louis Turenne, en Le
Figaro: "Una inseguridad en proporción aritmética,
unos niveles catastróficos de integración averiada:
nada funciona en las escuelas. Los liceos descienden
a la calle, los profesores lanzan un SOS. Ante la
evidencia, se impone un tratamiento de choque (…) La
escuela francesa está enferma, y sus males son de
todos conocidos… pero parece que a nadie importa,
nadie quiere reconocer que ha fracasado".
Es
decir, por dogmatismo ideológico no se osa evocar
las verdaderas causas y se limita a reclamar siempre
mayores medios financieros, cuando Francia consagra
al Ministerio de Educación la proporción mayor de
los países de la OCDE. (…) Como si el dinero pudiese
resolver un problema sociológico y étnico. Frente a
la violencia en las aulas, los mercachifles del
laxismo social y del antiautoritarismo, confrontan
dogmas frente a hechos, exigen la presencia de
vigilantes, quieren la protección de la policía.
La
violencia escolar en Francia alcanza ya niveles
insoportables, tras su debut en los años 80.
Adquiere formas desconocidas en los demás países de
la Unión Europea y los Estados Unidos. Se calcula
que en un 30% de los colegios, la transmisión del
saber es imposible. Los enseñantes no pueden hacerse
no ya respetar, sino tan solo entender. Estas son
las formas más frecuentes de la delincuencia
escolar.
1.
El chantaje, exigido
por los jefes de banda a casi todos los alumnos. En
algunos casos, los alumnos son chantajeados por
varias bandas a la vez.
2.
Los enfrentamientos
entre las distintas bandas organizadas y clanes, y
los robos.
3.
Los saqueos e
incendios de los locales.
4.
Las amenazas y
agresiones contra los docentes. Éstos de exponen a
las represalias en cuanto muestran el menor signo de
autoridad. Las represalias, generalmente, son
llevadas a cabo por bandas no escolarizadas.
En
1998, en los establecimientos de enseñanza pública
se produjeron 10 muertes, 253 heridas de gravedad,
300 violaciones, 17 incendios importantes y 27780
"agresiones diversas". La prensa jamás ha publicado
estas cifras, aun cuando son públicas.
Otras
cifras interesantes: el 80% de estos actos de
barbarie escolar son cometidos por jóvenes magrebíes
o africanos.
Curiosamente, en el África colonial de principios de
siglo, al igual que en el Magreb, los enseñantes
franceses jamás encontraron problema alguno de
rebelión o de violencia. La razón es tan simple como
que los profesores aparecían como civilizadores y
dominadores. Hoy, los jóvenes inmigrantes se erigen
en reivindicadores, en vengadores de sus padres. Sin
conocer la mínima señal de autoridad seria, retornan
inconscientemente a su mentalidad ancestral. De
colonizados y civilizados por la fuerza sobre su
propio solar, se afirman hoy en nuestro sol |